viernes, 29 de febrero de 2008

Fragmentos

Un fragmento de La espera, de José María Valverde.

PRIMER POEMA DE AMOR

...

Vienes primero tú, y después tu belleza
te sigue, natural comitiva; entre todo
tu racimo de dones es la luz que lo dora.

Yo ya te conocía del país de los sueños.
Tu aire de niña antigua, tu palidez de antaño,
de estarte pareciendo a tu madre y la mía
cuando fueran muchachas, me están diciendo ahora
que es cierto todo aquello presentido que yace
en el alma al nacer; que todo es ya sabido,
que Dios hace los sueños con esa misma mano
con que crea las cosas que podemos hallar.

Si eres verdad, es cierto todo lo que soñamos.
En medio de la huida de las cosas, en medio
de la duda y la niebla, y este nunca curable
terror a la asechanza de la desgracia ignota
que nos ahogaría de pronto sin remedio,
yo acabo de encontrar algo que nada puede
quitarme; el amor éste que te tengo y que irá,
hecho huella en el alma, hasta el mar de lo eterno,
como río que llega del país del dolor.

viernes, 22 de febrero de 2008

Observadores

“A mi no me vale tu dios –repetía alguien en voz baja y visiblemente afectada-, no me parece digno de devoción un dios que acobarda y limita las libertades del hombre”.

Esta era una de las frases de una grabación interceptada por sus espías, que había suscitado gran inquietud entre ellos. Y que escuchaban varias veces en cada una de sus reuniones.

Nunca habían comprendido el temor a esos dioses que veneraban los humanos. La devoción ostentosa en templos y panteones era incomprensible para quien viene de una civilización donde la parquedad es sinónimo de normalidad. Lo que los humanos llamaban fe, a su entender servía de herramienta justificadora para las actuaciones que generarían duda a los humanos. No tardaron en darse cuenta que por la llamada fe podían justificarse todo tipo de acciones.

Las divagaciones sobre los dioses a los que veneraban los humanos ocupaban gran parte de las reuniones que los dos solían hacer en la sala de juntas de la nave nodriza. Pasaban una gran cantidad de tiempo debatiendo acaloradamente sobre el sentido de las religiones y las creencias de los seres humanos, el por qué los humanos tenían la necesidad de creer en algo que no era tangible ni visible, en que se basaba la convicción de que había un ser superior que determinaba sus vidas y que una ofensa hacía él empujaba a la “guerra santa”, expresión que les hacia muchísima gracia al parecer, ya que cuando salía a relucir sus enormes ojos morados y vidriosos parecían tornasolarse.

Con la visión azul de la Tierra al fondo, muy lejana, tras la enorme ventana lateral de su nave, pasaban buenos ratos debatiendo y formulando preguntas como: ¿qué es un dios y para qué sirve?, ¿qué significa imaginar y cómo se hace?, ¿qué son los sentimientos?

Estos eruditos venidos desde la Galaxia M-31 tenían la misión de estudiar y comprender a la raza humana. Después de pasar una larga estación solar, analizando y debatiendo sobre los humanos regresaron a su Galaxia con un informe conciso sobre esta raza del universo.

Su informe causó furor en el planeta de procedencia de los eruditos y lo dieron a conocer a sus individuos de forma íntegra, el texto decía:

“El ente humano es al mismo tiempo incomprensible y fascinante. Cree, mata y padece por cosas que no ve ni conoce de forma empírica y permanece a menudo impasible ante sucesos que ocurren delante de ellos”.

martes, 12 de febrero de 2008

Martes, día de mercado.

El café de esta mañana a pesar de saber igual que los demás cafés, me ha resultado algo distinto. Si bien es cierto que el sitio no era mi lugar habitual donde acudo a tomarlo como rutina adquirida en los dos últimos años. Había algo diferente y supongo que no solo tenía que ver con estar en otro bar.

El lugar, casi apartado del bullicio del mercado del martes; fuera los ganaderos hablan a viva voz y hacen transacciones con sus cabritos y borregos. El fuerte aire hacia que el puesto de los cencerros tuviera un sonido similar al de un rebaño en medio de la plaza.

En el bar, una pareja en la barra terminaba sus cervezas y hablando tranquilamente pedían la cuenta al camarero, dos chicas hablan en francés a mi lado, en las mesas del fondo un grupo de mujeres, ya maduras, hacen coparticipe al resto del local de su conversacion, sobre de las compras que acaban de hacer y de lo baratas y buenas que tiene las manzanas el del puesto aquel y la birria de naranjas que tenían en el del puesto tal.

El camarero me pregunta que deseo: “un café con leche templadito y un pincho de tortilla”. Me han servido el café y la tortilla y mientras daba buena cuenta de ello he dejado de escuchar los cencerros, el bullicio de los ganaderos, la sedosa charla de las dos chicas francesas, la conversación de la pareja y el cotorreo de las señoras del fondo. Hacía tantísimo tiempo que no me ensimismaba de tal manera, que me he quedado un poco sorprendido.

Todo se ha quedado en silencio a mí alrededor, parecía que el tiempo había parado y allí me encontraba yo solo, regodeándome en mi soledad, aunque también es cierto que no disfruto de estos breves espacios de soledad como lo hacía antes, ahora me da miedo que se hagan demasiado grandes. No, definitivamente ya no disfruto de estas soledades como antes.

Aprecio el desconectar de lo que me rodea, aunque sea unos minutos al día, pero enseguida me entra la congoja y busco las presencias que alivien estos pequeños momentos yermos en los que me sumo.

Quizás esté falto de sueño, quizás tenga mis pensamientos en otros sitios, quizás me preocupe demasiado en no tener que preocuparme. La verdad que hoy me hacia falta desconectar unos segundos, pero no se me antojan suficientes los vividos.

Camino de vuelta al trabajo, me noto despistado y medio ausente, absorto en pensamientos, pensando en personas que se que no piensan en mi mas que lo políticamente correcto, dando vueltas a cosas que no están en mi mano. He atravesado la marabunta de compradores del mercado y entre los olores del bacalao seco, el queso de oveja y los ajos frescos, he cerrado mi corto trayecto.

He llegado de nuevo a mi puesto de trabajo y he “desconectado de la desconexión”. Me he sentado en mi silla, algo fría y con un: “Hola buenas. Dígame” he vuelto a enchufarme con el mundo real.