miércoles, 19 de marzo de 2008

Caminos no siempre iguales


De mañana, temprano, las vacaciones de Semana Santa se notan en la tranquilidad de las calles, el trasiego de estudiantes soñolientos se detiene por un tiempo. Pero a pesar de que sería muy fácil ir ensimismado en pensamientos, en sueños o quizás en esperanzas, ayer decidí observar detenidamente durante todo el trayecto al trabajo.

La cara se queda un poco fría y aun rezuman vaho mis pulmones cuando veo dos mujeres árabes en el descampado, pañuelo en la cabeza y ropas de colores vivos. Están quietas, semiescondidas detrás de unas zarzas, parecen conversar en su lengua, charla de azul-roja a roja-azul y viceversa.

El hombre viejo anda deprisa, ataviado con chándal y zapatos, camina nervioso, se detiene ante todo, da varias vueltas alrededor de un coche, se para frente a un portal y observa el interior, me mira, acelera, se vuelve a detener y me observa de nuevo, otra vuelta alrededor de otro vehículo y acelera el paso nuevamente. Le pierdo de vista, por suerte.

Dos jóvenes caminan de espaldas, con el cuerpo girado a su sentido de marcha, por el acerado de enfrente, como queriendo ir hacia atrás en el tiempo, se ríen conscientes de el enredo al que se van dedicando. Uno tropieza con un contenedor y decide caminar hacia delante. Se pierden a mi espalda.

Llegando al Postigo del Salvador, el silencio se ve interrumpido por un sonido similar al de una joven potranca que con sus cascos golpetea el cemento, la joven elegante con botas vaqueras cruza la calle, con un paso firme y decidido, superior al del resto de los mortales, ella lo sabe y así lo demuestra. El sonido de su trote por el acerado se pierde a mis oídos Ronda abajo.

Frente a la Iglesia una mujer dormita dentro de un coche con las luces encendidas, duerme plácida, ajena al el transito de la calle, escaso de esas horas. No se si duerme esperando o desesperando, pero duerme. No se si acaso sueña con que duerme en una confortable cama, pero duerme con todas las consecuencias.

Al doblar la esquina los gatos se meten un festín con las bolsas de basura que alguien, cívicamente, ha dejado a la puerta de su casa a la espera de que se las recojan. Al menos es una muestra de lo cívico que se puede ser con los animales, un gesto de infinita bondad. Bien entendido por los felinos, que habían desparramado la basura como quien pone mesa y come con mantel.

Llego por fin a mi destino, con la alegría que da el haber observado detenidamente, con la intranquilidad propia de quien observa y se da cuenta de que no todo es normal a ciertas horas de la mañana y con la certeza de que cada persona es un mundo de cúmulos y circunstancias y que quizás el que se comporta raro es uno mismo.