viernes, 4 de abril de 2008

Subrealidades intemporales

Se me hace raro salir a la calle y ver el pasado deambulando como si nada, la gente de antes, de las de mucho antes del blanco y negro, me miran y se sonríen, no están acostumbradas a que la gente camine por la calle sin capa o sombrero.

Es evidente que cada vez que salgo a la calle me visto con la ropa que tengo, con la que puedo comprar en mi tiempo, me sería casi imposible conseguir sayos o jubones, ni siquiera casacas de tosco paño. Se hace muy complicado vestir a la costumbre de un tiempo que desconoces que te vas a encontrar.

El sastre que cose armaduras en mi pueblo hace ya tiempo que no vive. Hasta la fecha por mas que he buscado en las páginas blancas y en blanco de de mi localidad no he conseguido dar con el digno artesano el cual pudiera confeccionar una armadura de mi gusto y presupuesto.

Y es que veréis, desde la semana pasada tengo una pequeña obsesión por hacerme con una armadura, un yelmo y escudo. Pero creo que está más que justificado debido al susto que me llevé paseando por el Camino de la Ribera.

Supongo que si os describo la situación me entenderéis mejor:

Camino de mañana, pronto, cerquita del Rio Jerte que desde los albores de mi memoria ha bañado mi vida. A pesar de que el sol ya comienza a despuntar tras los olmos ribereños la mañana es fresca, con el olor inconfundible del rocío que empieza a desprenderse del cantueso.

Camino despistado, como últimamente, pensando en lo mismo, con los pensamientos ocupados en alguien. De repente el sonido de un galopar, fundido con un repiquetear metálico me hace salir de mi propia absorción. Levanto la vista y el acerado se ha convertido en tierra, los edificios han sido sustituidos por árboles de importante porte, chopos, olmos y alisos jalonan mi derecha y a mi izquierda impasible, el Jerte.

Después de un rápido repaso a esta nueva realidad, mi mente que por suerte ya ha aprendido a ser intemporal, se dirige al frente, directa al sonido que se acercaba amenazante. Al frente, dejando una estela de polvo tras de si, un caballo portaba sobre su grupa a un pertrechado caballero.

El brillo de la coraza, el yelmo con su penacho de plumas rojas, guantes laminados, brazales, espinilleras llenas de barro, capa morada al viento y una larga y amenazante alabarda que descendía lentamente apuntando hacia mi, rápido pensé: “este tío busca bronca”.

Y yo allí, con el tiempo detenido, como se detiene habitualmente cuando uno no sabe si es mejor acojonarse o poner los huevos sobre la mesa, con el consiguiente riesgo de perderlos. El río a la izquierda, árboles a la derecha y polvo bajo mis pies y yo ataviado con calzonas, camiseta y playeras para defenderme de esa figura que amenazante galopaba hacia mi.

Pero de repente una idea brillante, de esas que solo se me ocurren cuando me veo con el agua al cuello y es la vida la que está en juego, ideas de esas que me han salvado de morir repetidamente en los últimos meses. Una sonrisa pícara se dibujó en mi cara, como la que se dibuja en el rostro de quien ante una situación jodida ya sabe a quien va a culpar.

Cuando el caballero con su frenesí asesino y su caballo, engalanado con arreos de postín, estaban a escasos veinticinco metros de donde me encontraba con mi ropa de batalla, hice lo más brillante que se me ocurrió. Alcé en un aspaviento el brazo y con la palma de la mano mostrándosela claramente, dije:

-Eehhhh, ¡que vas como loco coño¡ Vas a hacer daño a alguien.

A lo cual el caballero tiro del bocado de la bestia y esta se detuvo en seco a escasos metros de mi. Su pesada alabarda cayó sobre el suelo a mi lado. Bajo el yelmo, centelleaban los ojos oscuros de aquella extraña e intemporal figura humana.

Arrojó la alabarda al suelo y con un enérgico salto descendió de la montura, me miró de soslayo e imprevistamente posó su gran guante de láminas metálicas en mi hombro y me dijo:

-Ruego a vuestra merced, que no tenga en cuenta esta afrenta, pues no hay mayor tropelía que montar en caballería yendo a ciegas.

Acto seguido agachó su cabeza suplicando el perdón. Me di por satisfecho con sus disculpas y no pude si no que ser correcto y con la misma educación decirle:

-Venga, tira, tira… y que no se vuelva a repetir.

El caballero prosiguió despacio su camino, yo seguí el mío y fue justamente en ese momento cuando decidí adquirir una armadura.

Quien sabe si la próxima vez el jinete es sordo.