miércoles, 14 de mayo de 2008

Si los sueños fueran sueños...

Si los sueños fueran sueños no dudaría, muchas veces, en vivir despierto, pero esta vez…

Soñé:

Por alguna extraña razón me encontraba parado en mitad de un lugar que me era tremendamente familiar, no había nadie, no se escuchaba ningún ruido, ni un ápice de viento que hiciera temblar las ramas de los árboles del río, el cual ni siquiera sonaba.

No se escuchaba absolutamente nada, la calma era total, de un silencio tan sonoro que rápidamente me di cuenta de algo muy extraño: yo tampoco sonaba. Presuroso me dispuse a poner la mano en mi pecho para intentar sentir el latido del corazón, pero callada fue la respuesta. Los dos dedos en la palpable arteria de mi cuello tampoco revelaron pulso.

Algún temor extraño me embargó y mi respuesta ante el pánico fue correr. Y corrí en dirección opuesta a la que me encontraba mirando, sin saber que iba a encontrar a mi espalda en tan desesperada carrera. Y a medida que corría, más y mas rápido, me daba cuenta que no había sensación de fatiga, ni de ahogo, por más que aceleraba la sensación de extenuación no llegaba.

Me asusté de nuevo al atar los cabos, no había pulso, no había corazón y por lo tanto era imposible fatigarse. Corrí más y mas, hasta que las lágrimas empezaron a brotar solas, fruto de la impotencia y la rabia que contenía aquella carrera sin sentido.

Cuando la niebla se asentó definitivamente en mi visión y nubló toda posibilidad de ver por que lugar se encaminaban mis pasos, me detuve. En el preciso momento en el que la luz levantó la niebla de mis ojos y abrió el cielo a mis párpados, vi algo que por normal era extraño en aquella atmósfera tan inusual en la que me veía sumido.

Frente a mí, bajo una vetusta encina, sobre aquel monte al que no sabía muy bien como había llegado, estaba aquella figura. De rasgos finos, femenina, pelo oscuro, tez blanca sobre la cual dos ojos oscuros hacían de soles, ataviada con ropajes azul turquesa y blancos radiantes. Extendió su mano hacía mi y con un gesto de su dedo me invitó a ir hacia ella.

Cautivado ante la hermosura de esa hurí del paraíso, no dudé y encaminé de nuevo mis pasos hacia ella.

Al primer paso, sentí un fuerte golpe en el pecho acompañado de un latido enorme que resonó en mi pecho como si de una caja de percusión se tratara. Seguido a este otro latido de menor intensidad, y acompañando otro paso otro latido, y dos latido mas, y otra media docena de ellos mas rápidos y descompasados, el ritmo se aceleraba de forma brutal, el dolor se hacia cada vez mas insoportable y empecé a notar una sensación de asfixia que dio conmigo en el suelo de forma fulminante.

Tendido boca arriba, todo empezaba a difuminarse y veía aquellos ojos marrones que me observaban compasivos desde arriba. Empecé a notar el viento en mi pelo, los pájaros sonaban muy lejos esta vez, todo empezaba a apagarse y una luz cada vez más blanca se apoderaba de mi última visión de aquellos ojos, ahora vidriosos, con pena la contenida justamente al borde del llanto. Todo se fundió a blanco y creo que fue en ese momento cuando perecí en el sueño y desperté con vida en mi habitación.

Desperté muy tranquilo, sin angustia, conservando parte de esa luz blanca que me mató. Cuando la luz terminó por despejarse en mis pupilas, de nuevo frente a mí la figura hermosa de aquel ser de mis sueños. Me miraba esta vez con sus hermosos ojos marrones centelleantes, alegres e ilusionados.

Me sonrió, y con su sonrisa noté como en mi pecho el latido se aceleró. Y no me quedó más remedio que rogarle con voz suave, entrecortada y con gran esfuerzo:

“Por favor, me has matado en sueños, permíteme al menos vivir despierto, hasta que te encuentre en vida en vez de en sueños”.

Con una sonrisa desapareció y yo me volví a dormir, para intentar soñar de nuevo que volvía a morir en sueños.