Cuando soñaba que tus brazos eran el borde del precipicio y daba un paso para caer en ellos, logrando así el abrazo definitivo, me despertó el sonido de la lluvia arremolinándose en el tejado.
Salí a la calle cabizbajo, disimulando, temeroso de que el gris plomo se apoderara de las briznas de optimismo recogidas horas antes en oníricos lares. Y que ahora atesoraba con celo en mis puños escondidos en los bolsillos.
Llovió durante todo el trayecto. Empapado ya el ánimo y con los hombros encogidos como el que no entiende lo que pasa, los pasos se tornaron sin rumbo. Se desdibujaron en la acera bajo los reflejos suspendidos de las luces de los coches. Llegó el otoño de repente con una bocanada húmeda y ocre a mis pulmones.
Cuando el peso de las briznas en mis bolsillos se hizo insostenible, noté en mis manos como se transformaban en hojas secas, quebradizas e insensibles. Las cuales deposité con cuidado, ya amarillas, junto al bordillo. Quedando encubiertas con los restos de los bolsillos de otros que pasaron por allí antes que yo.
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